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MÍSTICA UNIVERSITARIA
(Discurso con ocasión de los 50 AÑOS de la URL, 18/10/2011)
Sean
todos bienvenidos y bienvenidas. Su presencia aquí esta tarde, pese a las
dificultades climáticas que estamos estos días pasando, confirma el cariño, la
amistad y el apoyo que siempre nos han ofrecido y brindado. Y sobre todo, es
señal del aprecio que tienen para con el quehacer universitario; quehacer del
“templo de la inteligencia” diría Ortega o de “la casa en donde se busca la
verdad” según su santidad Benedicto XVI.
Amigas y amigos todos. Hace
exactamente 50 años, en continuidad con la centenaria apuesta realizada en favor
de la educación por parte de la Compañía de Jesús, y gracias al esfuerzo de un
grupo de destacados profesionales guatemaltecos y de un creativo equipo de
jesuitas, contando con el apoyo social afectivo y efectivo que una empresa de
esa envergadura requiere, fue fundada esta Universidad, que se enorgullece en
llevar el nombre del insigne poeta guatemalteco Rafael Landívar.
Lo que
comenzó con 138 estudiantes cuenta hoy con más de 27,000; y lo que se inició en
la ciudad capital está hoy presente en once lugares del país. Son ya más de
36,000 egresados y titulados. Es enorme el esfuerzo y firme el compromiso que
ello manifiesta por parte de los diversos equipos de colaboradores
landivarianos, que a través de la investigación, la docencia y la proyección
social, han hecho lo que la Universidad Rafael Landívar es hoy. Las
circunstancias externas y las posibilidades internas han ido variando con el
paso del tiempo. Pero, una cosa ha permanecido constante y se ha tornado cada
vez más intensa, diáfana y honda en nosotros, lo que podríamos calificar como
nuestra “mística universitaria”. En este día de efeméride me excuso de no
listarles un consolidado de logros o de exponerles los programas y actividades
en que estamos actualmente inmersos, o de presentarles cuáles son los desafíos y
retos concretos que a mediano y largo plazo vislumbramos.
Antes bien,
permítanme compartirles unas breves reflexiones sobre lo que ha sido en el
pasado, es en nuestro presente, y será en nuestro proyectado futuro, el motor
dinamizador, la brújula orientadora, la savia nutriente de nuestra tarea
institucional. Me refiero a eso que he calificado, rápidamente, como “mística
universitaria”. ¿Cuál es y en qué consiste nuestra “mística landivariana”? Si la
“mística religiosa” hace referencia a la vivencia y a la relación íntima con la
divinidad, la “mística universitaria” se refiere a la experiencia que de la
verdad, de la belleza y de la bondad, intrínsecas a la realidad natural e
histórica, a la realidad social y personal, a la realidad material y espiritual,
posee un 2 grupo humano académica e institucionalmente volcado a su misión.
Misión intelectual, científica, formativa y ciudadana.
A lo largo de
estos cincuenta años nos hemos empeñado en ser socialmente pertinentes, buscando
responder de modo académico a las necesidades y retos del país. Hemos procurado
realizar una labor educativa de calidad preparando profesionales competentes,
formando personas integradas e íntegras, forjando ciudadanos responsables y
solidarios, y orientando creyentes en el auténtico sentido de la vida y de la
historia. Todo esto, lo hemos realizado con y por “mística universitaria”.
La “mística universitaria” refleja ante todo un deseo. Se trata de la
aspiración a la verdad que libera y que al mismo tiempo cimienta una convivencia
social justa. Los saberes y las ciencias son resultado del feliz encuentro con
la verdad completa. Este deseo en el hoy de la posmodernidad, figura histórica
en la que arribamos a nuestro quincuagésimo aniversario, tiende a ser conculcado
o cuando menos mitigado por aspiraciones de otra índole, reduciendo el saber a
información desarticulada y acrítica, a capacidades y a destrezas en el mejor de
los casos, y a conocimientos fragmentados e instrumentales en los más
habituales. Siendo la posmodernidad portadora de una amalgama de deseos,
legítimos no pocos de ellos, es ocasión oportuna para que toda institución
universitaria que pretenda ser fiel a su historia, reivindique el anhelo por la
verdad completa, exacta y abierta. La irracionalidad, el desconocimiento, el
error y la mentira, no son compatibles con la mística universitaria.
Ciertamente, no con la nuestra.
La “mística universitaria” posee un
horizonte. Este horizonte se formula y se condensa en la actualidad en el
paradigma social del “desarrollo integral y sostenible”. Cuando fuimos fundados
estábamos ambientalmente convencidos que tanto el progreso material como el
progreso ético podían darse y avanzar de manera simultánea como tomados de la
mano. El tiempo transcurrido nos ha comprobado que esto no es así. O que al
menos ese doble progreso no es mecánico ni automático. El deterioro
medioambiental, la crisis económica, la inequidad social, la multiforme
violencia que nos azota, y el desamparo existencial en que estamos sumergidos,
así nos lo demuestran. Hoy más que nunca, la sociedad puede y debe de esperar de
la educación superior la teorización, fundamentación y promoción de ese
horizonte, así como la formación de los profesionales que tendrían que ponerlo
en marcha. Es esto lo que la sociedad guatemalteca y centroamericana puede
esperar de nosotros como universidad: que todo nuestro quehacer académico, en
cuanto transido de mística, esté volcado al desarrollo integral y sostenible.
La “mística universitaria” alimenta y perfila una identidad. La
Universidad, al menos en el Occidente del que somos parte, se ha concebido a sí
misma a lo largo de los siglos como el lugar social en donde, en palabras de
Franz Hinkelammert, “es formulada y desarrollada 3 nuestra cultura”. Somos una
instancia cultural, no una instancia política no una ONG no una empresa
productiva o comercial, no una institución financiera no una asociación gremial.
Por supuesto que tenemos que contar con un modelo de gestión eficiente y
sostenible, y cae por su propio peso que tenemos que ser socialmente
responsables y no estar al margen de los avatares de nuestros pueblos, máxime
cuando esos avatares configuran crisis de gran calado como la que está
sucediendo en nuestro país. Pero, como señala el superior general de los
jesuitas, Adolfo Nicolás, “gestión eficiente” no debe equivaler a “docilidad al
mercado”, y como nos advierte su santidad Benedicto XVI, “responsabilidad
social” no significa “concesión al utilitarismo”. La Universidad, hoy más que
nunca debe de defender su identidad. ¡Qué bueno que ha quedado atrás la “torre
de marfil” o el “santuario elitista para iniciados”!. Pero no para asumir nuevos
modelos pretendidamente universitarios igualmente discutibles e indeseados,
aunque siempre, tenemos que reconocerlo, seductores y acechantes. No podemos
traicionarnos y mutar de “torres de marfil” a “fábricas de profesionales” o a
“centros de adoctrinamiento y dogmatismo” o a “focos de legitimación” activa o
pasiva de sociedades irracionales y, por lo tanto, excluyentes, depredadoras,
antidemocráticas, desgarradoras y enajenantes.
Es pues, y debe de seguir
siendo la Universidad, una instancia cultural de índole académica y formativa.
En su acta fundacional, esta universidad así lo afirmó y a ello se comprometió.
Hemos procurado cumplirlo durante estos cincuenta años. Quizá con mayor
relevancia en unos momentos que en otros, pero siempre con espíritu de
coherencia y con el espíritu de sencillez que exige el rigor intelectual.
Conviene precisar que hemos sido, somos y seguiremos siendo una institución
cultural desde una concepción socio-antropológica de cultura como “modo humano
de habérselas con la realidad”, forma que posee un grupo social para afrontar y
cultivar la vida y la historia. Modo –o forma- que tiene su expresión visible en
símbolos, saberes, hábitos, tradiciones, teorías y comportamientos, y al que,
por otro lado, subyace una constelación invisible de certezas, creencias,
imágenes, valores y sueños.
La “mística universitaria” además de
reflejar un irrenunciable deseo, de poseer un horizonte y de sostener una
identidad institucional, posee un centro de gravedad y es impulsada por una
inspiración última. Una palabra sobre cada uno de estos dos aspectos. El centro
de gravedad del quehacer universitario es, a nuestro modo de ver, la dignidad
humana, la dignidad de las personas y de los pueblos. La labor universitaria
está enfocada a desentrañar, legitimar, promover y propiciar esa dignidad. Lo
que nos hace valiosos es nuestra racionalidad a diferencia de la estimulación
animal, nuestra capacidad de emoción y de sentimientos a diferencia de meras
tonificaciones vitales, nuestra capacidad de tomar decisiones en base a valores
a diferencia de la respuesta inevitable y cerrada de los apetitos anímicos. Por
ello, nuestra dignidad se expresa como libertad. Somos seres 4 responsablemente
libres abocados a convivir en justa equidad y en mutua responsabilidad. Forma
parte de nuestro “credo universitario” la prestancia de la dignidad humana. A
esa luz, durante estos cincuenta años hemos estado a favor y lo seguiremos
estando, de la fuerza de la razón, de la pre-eminencia del saber y de las
ciencias, del imperativo ético formal y concreto, de la reivindicación de
nuestra pluriculturalidad como país, de la necesidad del diálogo y el
entendimiento, de una interacción social racional, empática, democrática y
constructiva.
¿Qué ha impulsado a nuestra mística? Su inspiración
última. La explicita nuestra misión: somos una universidad de inspiración
cristiana, visión católica y tradición jesuita. Tal como plantea el evangelista
Lucas, cuya fiesta celebra hoy la Iglesia, el reinado de Dios en nuestras vidas
ocurre mediante una historia de salvación en la que vamos siendo “sanados” de lo
que nos enferma como personas y como sociedades. Contribuir académica y
formativamente a ese proceso nos sentimos movidos e inspirados. Es a lo que
intelectualmente nos hemos comprometido. Ayer, hoy y mañana. Contribución que
muestre la articulación entre fe y razón, entre fe y ciencias, entre ética y
tecnología, entre saber e implicación histórica. Y contribuir jalonados y
animados por el “magis” ignaciano. Esta tarde vamos a realizar un reconocimiento
a quienes han velado por el recto derrotero y la fecundidad de nuestra “mística
universitaria”. Así como a quienes mediante su ejercicio profesional,
intelectual y ciudadano, han testimoniado sintonía con ella y han demostrado su
mordiente y su actualidad. A ellos y a todo el pueblo de Guatemala que ha
confiado y que confía en nosotros como institución que intenta servir
universitariamente, les estamos muy agradecidos. Y, por supuesto, la gratitud
central a nuestro Señor Jesucristo quien siendo “el camino verdadero que conduce
a la vida” (Jn 14,6), nos ha legado su Espíritu para “guiarnos a toda verdad y a
toda la verdad” (Jn 16,13). He aquí la frontera más sutil a trascender, la
barrera más lábil de superar: el engañoso, distorsionador y tenebroso muro de la
ausencia, o de la fragmentación, o de la negación de la verdad. Llevamos
cincuenta años bregando en esa búsqueda. Les pedimos que sigan acompañándonos en
los próximos cincuenta.
¡Muchas Gracias!
Rolando Alvarado, SJ Rector
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